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ISBN
9789874713490
Páginas
88
Precio
$750
Formato
15 x 21 cm
Edición
Impresión
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Dos cuentos maravillosos

Alejandra Bosch

Lanzados al mundo los papeles de las muertas se convierten en una literatura viva, una constelación de fantasmas que actúa circulando en la comunidad de modos imprevistos, en el límite de convertirse en desecho.

 Ficción y literatura contemporánea  

Los tejidos de una historia de familia
Por Norberto Gugliotella

El átomo que da origen a esta historia es la relación entre dos hermanas distanciadas, Amanda y Cecile Boile, una que se queda a vivir con su hijo en Santa Fe para cuidar a su madre y la otra que se marcha para vivir en Canadá. Las diferencias entre las hermanas, la relación entre Amanda y su madre y entre Amanda y su hijo pueden leerse a partir del entramado de voces y de textos que componen Dos cuentos maravillosos de Alejandra Bosch, de esta manera se nos permite llenar los huecos vacíos de esta historia familiar.

Todo parece nacer en ese distanciamiento, pero la narración nos lanza flechas hacia el futuro y hacia el pasado de ese momento, nos muestra fragmentos de la historia contada desde múltiples perspectivas en forma de diarios, de cartas o de cuentos. Ese narrador en tercera persona que comienza la novela se pierde entre todos los textos, nos muestra cómo los y las personajes leen lo que leemos nosotros y se corre para que hablen Amanda, Cecile o la madre de ambas.

Como en uno de los cuentos maravillosos de Amanda, la novela va construyendo un refugio para los y las personajes, les teje una puerta y los encierra para mostrarnos ese mundo de la familia. Nos comparte los silencios, la violencia, las lejanías y las proximidades. Pero ese refugio, ese estar a salvo muchas veces resulta solo si el pasado no habla, si se queda inmóvil. Por eso, en un doble juego, la novela de Bosch nos muestra a los personajes refugiados y, a su vez, nos muestra de qué se protegen.

“Amanda Boyle pasó su vida deseando la fama. Cuando por fin la alcanzó, se suicidó.” Este es el punto desde donde parecen lanzarse las flechas hacia el pasado y hacia el futuro. Toda la historia de Amanda con su hijo, con su hermana y con su madre parece encerrarse en ese limonero y esa soga con la que se cuelga. Ninguno de los y las personajes de esta novela podría armar la historia completa, porque las distancias, los secretos, los silencios actúan por encima de ellos y ellas. No puede tampoco armarla ese narrador en tercera persona, se necesitan los fragmentos, los textos de Amanda, las cartas de las hermanas, las lecturas de las personas que encuentran los diarios en la basura.

“Después de acomodar los libros, la pareja se despidió hasta el otro día, Julián necesitaba dormir, estaba muy cansado con todo eso, tenía la sensación de que, mientras existieran esas hojas, aquellas voces nunca morirían. Fue por eso que Laura le prometió esa noche que, en cuanto se casaran y vivieran juntos, tendrían sus propias historias, prenderían fuego a todos esos viejos papeles”.

¿Cómo se pueden narrar las historias familiares si no es a través de fragmentos? Todo ese pasado en la vida de Julián está ahí, brota por algún lugar, si bien puede construir un futuro con nuevas historias, es imposible borrar la memoria. Los fragmentos estallados del pasado están por todos lados, eso es lo que sobresale de la novela. Hay un narrador, hay personajes que quieren olvidar, hay fragmentos desacomodados, pero hay una memoria familiar que tiene la capacidad de hacerse ver. La novela se construye como si lo hiciera el niño del segundo cuento maravilloso que arma a su amigo con latas de cerveza que cuelgan de un árbol. Son los fragmentos los que hacen posible esta historia, los árboles para que cuelguen los amigos imaginarios y los árboles para que se suiciden las madres y permitan abrir todas las historias que habitaban por detrás de ella.